Hace unos días escribí esto.
La política, en su modalidad representativa, intenta, palabras más, palabras menos, expresar mediante sus representantes lo que la ciudadanía desea y considera necesario para el país, la zona en la que se afinca y su vida.
En la actualidad, y desde ya hace unos años, la ciudadanía se encuentra inmersa en un capitalismo de plataformas que la introduce en la lógica de las suscripciones y en un sistema de algoritmos que refuerzan sus propias creencias. Esto favorece el aferramiento a la idea de que el propio pensamiento es el correcto, de que aquello que uno considera está bien y de que todo aquello que lo confronta está mal.
A su vez, la posibilidad material de expresar cada pensamiento (como yo en este momento) puede generar la sensación de que aquello que pensamos no es simplemente una opinión, sino una verdad que otros reconocerán como propia, mientras que quienes la confronten aparecerán, desde nuestra perspectiva, como "los errados".
Esto nos devolvió a la moralización de la política, con la particularidad de que hoy, tras un siglo XX marcado por el posmodernismo y el relativismo, pareciera haber tantas realidades como personas. Y paradójicamente, cuanto más se fragmentan las verdades compartidas, más proliferan los pedestales morales desde los cuales juzgamos a los demás.
El escenario es complejo para los representantes, o para quienes intenten serlo, porque además de propagar sus ideas van a encontrarse del otro lado con un usuario/ciudadano que lo fiscaliza, que no siempre se hace cargo de sus deberes como ciudadano y que exige como un cliente insatisfecho. Hemos confundido tanto las lógicas de lo público y lo privado que hoy le exigimos al comerciante que asuma responsabilidades propias del gobierno y al gobernante que nos dé soluciones individuales, como podría hacerlo un comercio. Y cuando estos reclamos adquieren un trasfondo moral, colocamos al otro en una posición incómoda: lo juzgamos desde la certeza de nuestra propia posición, sin detenernos necesariamente a revisar la propia. Quizás, a veces, hay que soltar la lupa y agarrar el espejo.
Respecto a la representación, hay otra particularidad en este deseo: no parece suficiente representar a unos pocos; el deseo de representar aspira a hacerlo ante muchos y, si es posible, ante todos. Al parecer, la humanidad ha tenido históricamente esta tendencia universalista que, llevada al extremo, puede transformarse en una pretensión hegemónica.
En esta lógica de las suscripciones y de los algoritmos que tienden a encerrar a los usuarios/ciudadanos en comunidades de creencias cada vez más homogéneas, parece alejarse a la posibilidad de construir representaciones capaces de interpelar a mayorías. Esto genera una crisis en quienes representan o intentan representar, que comienzan a tratar a los ciudadanos más como audiencia que como cuerpo político. Nos venden un servicio, nos ofrecen una suscripción a "las ideas que necesita nuestro/a pueblo/Argentina/Santa Cruz/Río Turbio". La representación deja así de presentarse como la construcción de un vínculo político entre representantes y representados y comienza a adquirir la forma de una relación entre proveedor y consumidor.
Y si el ciudadano es ahora un usuario, el pueblo una audiencia, el movimiento un fandom, la militancia una contrucción de marca y la doctrina una personalidad ¿Qué ocurre con la representación? Porque representar no debería consistir unicamente en identificar aquello que una audiencia quiere escuchar y devolverlo convertido en contenido político.
Representar, desde un organismo estatal, implica la tarea incómoda de construir algo común, entre quienes piensan igual y quienes no comparten los mismos intereses.
Quizás uno de los mayores desafíos de la política contemporánea, no sea encontrar la manera de hablarle a todos, sino recuperar la posibilidad de que exista un "todos" al cual hablarle.
La política, en su modalidad representativa, intenta, palabras más, palabras menos, expresar mediante sus representantes lo que la ciudadanía desea y considera necesario para el país, la zona en la que se afinca y su vida.
En la actualidad, y desde ya hace unos años, la ciudadanía se encuentra inmersa en un capitalismo de plataformas que la introduce en la lógica de las suscripciones y en un sistema de algoritmos que refuerzan sus propias creencias. Esto favorece el aferramiento a la idea de que el propio pensamiento es el correcto, de que aquello que uno considera está bien y de que todo aquello que lo confronta está mal.
A su vez, la posibilidad material de expresar cada pensamiento (como yo en este momento) puede generar la sensación de que aquello que pensamos no es simplemente una opinión, sino una verdad que otros reconocerán como propia, mientras que quienes la confronten aparecerán, desde nuestra perspectiva, como "los errados".
Esto nos devolvió a la moralización de la política, con la particularidad de que hoy, tras un siglo XX marcado por el posmodernismo y el relativismo, pareciera haber tantas realidades como personas. Y paradójicamente, cuanto más se fragmentan las verdades compartidas, más proliferan los pedestales morales desde los cuales juzgamos a los demás.
El escenario es complejo para los representantes, o para quienes intenten serlo, porque además de propagar sus ideas van a encontrarse del otro lado con un usuario/ciudadano que lo fiscaliza, que no siempre se hace cargo de sus deberes como ciudadano y que exige como un cliente insatisfecho. Hemos confundido tanto las lógicas de lo público y lo privado que hoy le exigimos al comerciante que asuma responsabilidades propias del gobierno y al gobernante que nos dé soluciones individuales, como podría hacerlo un comercio. Y cuando estos reclamos adquieren un trasfondo moral, colocamos al otro en una posición incómoda: lo juzgamos desde la certeza de nuestra propia posición, sin detenernos necesariamente a revisar la propia. Quizás, a veces, hay que soltar la lupa y agarrar el espejo.
Respecto a la representación, hay otra particularidad en este deseo: no parece suficiente representar a unos pocos; el deseo de representar aspira a hacerlo ante muchos y, si es posible, ante todos. Al parecer, la humanidad ha tenido históricamente esta tendencia universalista que, llevada al extremo, puede transformarse en una pretensión hegemónica.
En esta lógica de las suscripciones y de los algoritmos que tienden a encerrar a los usuarios/ciudadanos en comunidades de creencias cada vez más homogéneas, parece alejarse a la posibilidad de construir representaciones capaces de interpelar a mayorías. Esto genera una crisis en quienes representan o intentan representar, que comienzan a tratar a los ciudadanos más como audiencia que como cuerpo político. Nos venden un servicio, nos ofrecen una suscripción a "las ideas que necesita nuestro/a pueblo/Argentina/Santa Cruz/Río Turbio". La representación deja así de presentarse como la construcción de un vínculo político entre representantes y representados y comienza a adquirir la forma de una relación entre proveedor y consumidor.
Y si el ciudadano es ahora un usuario, el pueblo una audiencia, el movimiento un fandom, la militancia una contrucción de marca y la doctrina una personalidad ¿Qué ocurre con la representación? Porque representar no debería consistir unicamente en identificar aquello que una audiencia quiere escuchar y devolverlo convertido en contenido político.
Representar, desde un organismo estatal, implica la tarea incómoda de construir algo común, entre quienes piensan igual y quienes no comparten los mismos intereses.
Quizás uno de los mayores desafíos de la política contemporánea, no sea encontrar la manera de hablarle a todos, sino recuperar la posibilidad de que exista un "todos" al cual hablarle.
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