Salía yo con el Magnate Gallardín. O bien, debería decir, estábamos casados hace años. Éramos uno de esos matrimonios aristocráticos en los que cada uno hace la suya, hasta que el otro es ya poco más que una entelequia.
Nos cruzamos camino a un juicio en el que lo acusaban. Recuerdo pensar, apenas verlo, “cierto que es mi esposo”, y no me extrañaba tanto eso como haberme olvidado. Ese día iban a tomarle declaración. Yo había venido con otro grupo de gente, pero por algún motivo, al encontrarnos, decidía quedarme con él, como obedeciendo a un deber marital o una deuda. El caso por el que iba a declarar era sobre una causa muy notoria, como YPF o algo así.
No me pregunten por qué, pero para llegar al juzgado había que atravesar un lugar que se parecía al Alto Avellaneda. El Magnate se quejaba de todo. De la gente, del shopping… todo le parecía una grasada. Yo lo seguía mientras él, a grandes trancos, se movía sin dudar nunca cuál era el camino. Él sólo avanzaba y hacía sus acotaciones.
Atrás, yo sólo podía pensar en cómo él y ahora yo, también, por transitividad, éramos millonarios. Me parecía inverosímil. Trataba de recordar: ¿cómo era posible que nos hubiéramos interesado el uno en el otro? Parecíamos tan distintos. ¿Cómo había sido nuestro noviazgo? Lo que sí me parecía de lo más natural era que el Magnate y yo ahora tuviéramos, cada uno, nuestras nuevas parejas, aunque siguiéramos casados, y que yo no pudiera decir con seguridad con quién salía él ahora.
Él iba tan apurado que, por momentos, parecía olvidarse de mí. Yo entonces me dedicaba a observarlo aún con más atención. Al detenerme en el cuello impoluto de su camisa italiana, en el pelo cortado con prolijidad arriba de su nuca pueril, creí por un momento que podría volver a enamorarme de él.
Finalmente llegamos a la sala de audiencias. Ahí estaban en medio de los preparativos para sentarlo a declarar. Había un ajetreo nervioso, como si faltara algo. Al Magnate le molestaban las demoras y el tono con que le hablaban las fiscales, que eran unas militantes kirchofeministas. A último momento, él salió, algo exasperado, a buscar algo o a alguien. El resto nos quedamos en el recinto, esperando.
Entonces la gente de a poco se fue relajando y la sala se sumió en un murmullo. Entre las fiscales estaba una conocida mía, que aprovechó su ausencia para preguntarme por qué seguía yo con él. Otras se le sumaron. Todas parecían concordar en que el Magnate Gallardín era un mal tipo. Yo sólo podía esbozar unas justificaciones incongruentes, porque todo lo que me mostraban, las pruebas, los folios, tenía demasiada contundencia.
Empezaba yo a tomar dimensión del asunto. Lo del Magnate eran crímenes casi de lesa humanidad, pero disfrazados de operaciones financieras muy acertadas. Había perjudicado a miles, quizás millones de personas, pero siempre hacía que todo pareciera lógico, nada más que lógico. Sólo lo estrictamente necesario.
Entonces él regresó a la sala para prestar declaración. En el banquillo, negó todo lo que imputaban. A tal cosa hubo que hacerla porque lo pedía el Tesoro de Estados Unidos; aquella otra, porque lo exigía la AFIP. Yo me admiraba de su temple. Si nuestras miradas se cruzaban en algún momento, éste se interrumpía con brusquedad. Y de a poco, mientras las fiscales se frustraban y él respondía una por una todas las preguntas, como con un dejo de indignación por que se las hicieran, yo me iba entristeciendo.
Nos cruzamos camino a un juicio en el que lo acusaban. Recuerdo pensar, apenas verlo, “cierto que es mi esposo”, y no me extrañaba tanto eso como haberme olvidado. Ese día iban a tomarle declaración. Yo había venido con otro grupo de gente, pero por algún motivo, al encontrarnos, decidía quedarme con él, como obedeciendo a un deber marital o una deuda. El caso por el que iba a declarar era sobre una causa muy notoria, como YPF o algo así.
No me pregunten por qué, pero para llegar al juzgado había que atravesar un lugar que se parecía al Alto Avellaneda. El Magnate se quejaba de todo. De la gente, del shopping… todo le parecía una grasada. Yo lo seguía mientras él, a grandes trancos, se movía sin dudar nunca cuál era el camino. Él sólo avanzaba y hacía sus acotaciones.
Atrás, yo sólo podía pensar en cómo él y ahora yo, también, por transitividad, éramos millonarios. Me parecía inverosímil. Trataba de recordar: ¿cómo era posible que nos hubiéramos interesado el uno en el otro? Parecíamos tan distintos. ¿Cómo había sido nuestro noviazgo? Lo que sí me parecía de lo más natural era que el Magnate y yo ahora tuviéramos, cada uno, nuestras nuevas parejas, aunque siguiéramos casados, y que yo no pudiera decir con seguridad con quién salía él ahora.
Él iba tan apurado que, por momentos, parecía olvidarse de mí. Yo entonces me dedicaba a observarlo aún con más atención. Al detenerme en el cuello impoluto de su camisa italiana, en el pelo cortado con prolijidad arriba de su nuca pueril, creí por un momento que podría volver a enamorarme de él.
Finalmente llegamos a la sala de audiencias. Ahí estaban en medio de los preparativos para sentarlo a declarar. Había un ajetreo nervioso, como si faltara algo. Al Magnate le molestaban las demoras y el tono con que le hablaban las fiscales, que eran unas militantes kirchofeministas. A último momento, él salió, algo exasperado, a buscar algo o a alguien. El resto nos quedamos en el recinto, esperando.
Entonces la gente de a poco se fue relajando y la sala se sumió en un murmullo. Entre las fiscales estaba una conocida mía, que aprovechó su ausencia para preguntarme por qué seguía yo con él. Otras se le sumaron. Todas parecían concordar en que el Magnate Gallardín era un mal tipo. Yo sólo podía esbozar unas justificaciones incongruentes, porque todo lo que me mostraban, las pruebas, los folios, tenía demasiada contundencia.
Empezaba yo a tomar dimensión del asunto. Lo del Magnate eran crímenes casi de lesa humanidad, pero disfrazados de operaciones financieras muy acertadas. Había perjudicado a miles, quizás millones de personas, pero siempre hacía que todo pareciera lógico, nada más que lógico. Sólo lo estrictamente necesario.
Entonces él regresó a la sala para prestar declaración. En el banquillo, negó todo lo que imputaban. A tal cosa hubo que hacerla porque lo pedía el Tesoro de Estados Unidos; aquella otra, porque lo exigía la AFIP. Yo me admiraba de su temple. Si nuestras miradas se cruzaban en algún momento, éste se interrumpía con brusquedad. Y de a poco, mientras las fiscales se frustraban y él respondía una por una todas las preguntas, como con un dejo de indignación por que se las hicieran, yo me iba entristeciendo.