Son una silueta indistinguible que viven en el interior de mis párpados, y frente a la bravura de las olas que rompen, se ven más claras. Y pienso en ellas.
Pienso en ellas y nos imagino subiendo los autos a la balsa, a las puteadas porque no paran de bajar camiones, y los pibes lloran porque están fastidiados de tanta ruta y las mujeres no aguantan más tampoco, pero se juntan entre ellas, toman mate, conversan, nos dan otra vida.
Desembarcamos, por fin, y recorremos con naturalidad ese suelo tan querido, despacio por las rutas que hecha a perder la helada, esquivando pozos, despacio porque no nos queremos llevar puesto ningún guanaco. Desde el costado de la ruta nos miran como si nos hubieran estado esperando.
Imagino que llegamos a las cabañas que reservó tu amigo que no sabés cómo le fue tan bien vendiendo autopartes, y que las consiguió porque tiene trato con uno que es el testaferro en realidad, porque todos sabemos que son del hijo del gobernador, como tantas otras cosas.
Pero no nos importa, porque imagino que nos acordamos de estar cagados de frío en la costa de Playa Unión, ¿te acordás cerca de los médanos? Borrachos, más que nada borrachos, pero pescando y cagándonos de risa, y me imagino que queremos volver a acordarnos de todo eso, tener veinte años, chupar y quedar tirados en la arena, sobados por el viento.
Me acuerdo que nos imaginamos que tenemos que ir con el viejo de ese amigo, que ya conoce, y con el que nos une esa admiración que no es ni la que se tiene por el padre ni por el maestro. Y nos imagino molestos, porque los pibes están en la edad de la pavada y no se dan cuenta lo que es, porque nacieron con las cosas así, no se dan cuenta lo que fue.
Y cuando es de noche perdemos a esos amigos que son pareja y estamos todos un poco cansados ya, porque estuvimos todo el día chupando frío en la costa, y queremos salir a comer algo al centro o a la rambla; y no los podemos encontrar porque se encerraron a coger en la habitación y no lo podés creer, ¿pero cómo no lo podés creer? ¡si desde que tienen quince años que hacen lo mismo! Por lo menos ahora no se atrincheran en el baño.
Me imagino que hay mucha gente en la calle, que el hotel del sindicato está con capacidad llena, y que esa noche es el aniversario y hay quilombo, los bebés lloran, hay un escenario a lo lejos y en otra esquina bailan tango, chacarera, zamba, gato, cuadrado. El tío se suma a una de las hileras y me imagino que no nos acordábamos que tenía esa gracia, que nos preguntábamos si siempre tuvo ese pañuelo que revolea, ¿y esa chica de dónde la sacó? Y se pierde entre el medio giro y se va la segunda.
Entonces los fuegos artificiales. Imagino que lagrimeamos y los pibes nos miran y no entienden, un poco se asustan, no por los estruendos. Es que ellos no se dan cuenta todavía lo que fue.
Son una silueta que se me dibuja adentro de los párpados. Veo el mar y pienso en ellas.
Pienso en ellas y nos imagino subiendo los autos a la balsa, a las puteadas porque no paran de bajar camiones, y los pibes lloran porque están fastidiados de tanta ruta y las mujeres no aguantan más tampoco, pero se juntan entre ellas, toman mate, conversan, nos dan otra vida.
Desembarcamos, por fin, y recorremos con naturalidad ese suelo tan querido, despacio por las rutas que hecha a perder la helada, esquivando pozos, despacio porque no nos queremos llevar puesto ningún guanaco. Desde el costado de la ruta nos miran como si nos hubieran estado esperando.
Imagino que llegamos a las cabañas que reservó tu amigo que no sabés cómo le fue tan bien vendiendo autopartes, y que las consiguió porque tiene trato con uno que es el testaferro en realidad, porque todos sabemos que son del hijo del gobernador, como tantas otras cosas.
Pero no nos importa, porque imagino que nos acordamos de estar cagados de frío en la costa de Playa Unión, ¿te acordás cerca de los médanos? Borrachos, más que nada borrachos, pero pescando y cagándonos de risa, y me imagino que queremos volver a acordarnos de todo eso, tener veinte años, chupar y quedar tirados en la arena, sobados por el viento.
Me acuerdo que nos imaginamos que tenemos que ir con el viejo de ese amigo, que ya conoce, y con el que nos une esa admiración que no es ni la que se tiene por el padre ni por el maestro. Y nos imagino molestos, porque los pibes están en la edad de la pavada y no se dan cuenta lo que es, porque nacieron con las cosas así, no se dan cuenta lo que fue.
Y cuando es de noche perdemos a esos amigos que son pareja y estamos todos un poco cansados ya, porque estuvimos todo el día chupando frío en la costa, y queremos salir a comer algo al centro o a la rambla; y no los podemos encontrar porque se encerraron a coger en la habitación y no lo podés creer, ¿pero cómo no lo podés creer? ¡si desde que tienen quince años que hacen lo mismo! Por lo menos ahora no se atrincheran en el baño.
Me imagino que hay mucha gente en la calle, que el hotel del sindicato está con capacidad llena, y que esa noche es el aniversario y hay quilombo, los bebés lloran, hay un escenario a lo lejos y en otra esquina bailan tango, chacarera, zamba, gato, cuadrado. El tío se suma a una de las hileras y me imagino que no nos acordábamos que tenía esa gracia, que nos preguntábamos si siempre tuvo ese pañuelo que revolea, ¿y esa chica de dónde la sacó? Y se pierde entre el medio giro y se va la segunda.
Entonces los fuegos artificiales. Imagino que lagrimeamos y los pibes nos miran y no entienden, un poco se asustan, no por los estruendos. Es que ellos no se dan cuenta todavía lo que fue.
Son una silueta que se me dibuja adentro de los párpados. Veo el mar y pienso en ellas.