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Mejoras para un cuento corto

Hola gordos, quería compartir un cuento corto que escribí hace algunos días.
Si alguno escribe me encantaría que pueda hacerme algunas sugerencias o correcciones para mejorarlo. Eso

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Pablo levantó la vista y miró hacia el cielo nublado y lluvioso. Eran las 2am pero como el insomnio no le permitió dormir, había dejado su casa y caminado por varias horas, dejándose absorber por la negrura de noche.
El pueblo estaba vacío, sumido en un silencio casi total, cada tanto interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles y el suave chisporrotear de las gotas de agua que llegaban al suelo.
Pablo, como tantas otras veces, estaba en uno de esos periodos en donde actuaba por inercia, donde nada de lo que venía siendo su vida hasta ese momento parecía tener demasiado sentido.
Por eso, le gustaba perderse en el medio de la noche, con la única intención de salir un poco de sus rumiamientos, arropandose en la soledad que le permitía el barrio vacío, con sus casas desgastadas y calles barrosas.
La lluvía era aún bastante tenue y sutil, era más bien una de esas heladas lloviznas invernales, que parecían traer consigo pequeñas partículas de aguanieve.
Para Pablo, cada una de las gotas que caían sobre su rostro eran como un recordatorio sutil de su existir, una pequeña, casi minúscula, pero de todas formas necesaria sensación de resurrección.
Permaneció quieto observando el cielo, viendo las nubes negras enrollarse, estirarse y deformarse a causa de la fuerza del viento helado.
De tanto en tanto aparecía la luz de algún relámpago, y el consiguiente sonido de algún trueno en la lejanía le resultaba ligeramente reconfortante.
Estaba solo, y en ese lugar solo quedaba él con la lluvia, él con el cielo, él con el barro, él, con él.
En ese momento, recordó que siempre se sintió pequeño. Hoy aún más ante la interminable extensión de ese cielo brumoso, nublado , oscuro.
Recordó que nunca sintió el haber tenido una casa. Recordó que en distintos momentos de su vida, ni acompañado, ni en soledad sintió su propio cuerpo como un hogar. Y sin embargo, esta vez se sintió tranquilo.

Pablo sentía que algo había cambiado en él, estaba distinto. No sabía claramente el porqué, pero ya no era el mismo. Había estado tanto tiempo peleando consigo mismo, con los otros, con el mundo, pero hoy algó era diferente.
La lluvia proveniente del cielo empezó a caer con bastante fuerza. Empapado, Pablo seguía parado en el mismo lugar. De la nada, percibió que la ropa mojada parecía no pesarle tanto. Su cuerpo, parecía no pesarle tanto. Su cabeza estaba llena de preguntas, pero aun así permaneció en calma.
Poco a poco podía sentir cómo su cuerpo se mezclaba con el paisaje, como todo se fundía. Como si él mismo fuera una mancha dentro de una pintura difuminada.
Es que al parecer, Pablo se estaba volviendo agua, dejándose llevar por la lluvia de aquella oscura noche invernal.
Llegado cierto momento, ya no sintió nada más, con su esencia destilada en la enormidad de algún lugar desconocido. Parecía estar dentro de una especie de agua etérea. Como si fuera una pequeña pero eterna molécula dentro de un lago extenso, expandible, infinito.
Por primera vez en mucho tiempo, Pablo se sintió presente, se sintió parte.
Ya no le preocupaba nunca haber tenido un lugar. Ahora todo su ser fluía en la inmensidad de la laguna, en su mutable e infinita incorporeidad. Sintió encontrarse a sí mismo en esa agua interminable. El lugar en ese no lugar.

…

Al otro día todo el pueblo salió en búsqueda del joven desaparecido.
Lo buscaron durante días y noches. Llegaron a pasar semanas de personas encolumnadas, revisando cada posible rincón del barrio, cada descampado, cada casa abandonada y depósito destartalado. Tras varios meses de revisar exhaustivamente, la gente decidió que ya no valía la pena seguir buscando, que era un esfuerzo inútil. Con el tiempo todos retomaron sus vidas normales. Muchos, incluso olvidaron que Pablo llegó a existir en algún momento, quedando como su único remanente una casa vacía y decaída que se encontraba en alquiler.
Sin embargo, este verano me dirigí a una de las plazas donde Pablo y yo pasábamos el rato.
Es un lugar pequeño, que solíamos visitar por el agradable verdor de su flora y la fresca sombra que proporcionaban varios de sus árboles de sauce llorón.
Tras estar un tiempo sentado en uno de los banquitos de madera alimentando aves, dirigí mi vista hacia el cielo.
El atardecer dejaba ver un hermoso cielo despejado. Estaba lleno de nubes esponjosas que reflejaban el naranja característico de estos días soleados.
De repente, después de mucho tiempo, me invadió el recuerdo de Pablo y su misteriosa marcha. Pude rememorar varios de nuestros momentos de amistad, junto a todos los pequeños detalles y obsesiones que formaron parte de su vida.
Sin embargo, por alguna razón, en esta plaza me siento profundamente tranquilo. Solo espero que esté bien, que sepa que se lo va a extrañar.
Tiene muy buen tono

Entrá para responder.