[Recategorizado]
Es un pasaje de ida hacia la destrucción total de tu inocencia. El peligro de sentarte a jugar un JMM es que, en cuestión de minutos, se te cae la venda de los ojos y descubrís con horror que toda tu vida fue una absoluta farsa.
Te das cuenta de que el TEG, el Monopoly y el UNO son en realidad una reverenda mierda, juegos pedorros diseñados para arruinar amistades y hacerte perder el tiempo tirando dados sin el más mínimo control sobre tu destino. Como el juego de la Oca.
Cualquier JMM te arruina la ignorancia feliz y te demuestra de un cachetazo que te estabas conformando con el equivalente lúdico de votar a Guillermo Moreno o a Lousteau.
A partir de esa primera victoria lograda armando una estrategia y no dependiendo de los dados, tu futuro queda trágicamente sellado. Ya nunca más vas a poder pisar una juguetería de shopping sin mirar con profundo asco y desprecio las góndolas con el Ludo o el Jumanji.
Tu cerebro, todo cogido por un meeple, te va a obligar a peregrinar hacia el sórdido inframundo de las tiendas especializadas; esos locales oscuros repletos de cajas carísimas, miniaturas de plástico y un inconfundible olor a culo, encierro y ansiedad social.
Ese es el precio: Te vas a encontrar un sábado a la tarde debatiendo sobre mecánicas de gestión de recursos con extraños que no ven la luz del sol desde el 2015, desesperado por probar el último juego alemán sobre cultivar remolachas en el siglo XV. Sos un adicto irrecuperable al cartón, las fichas, las cartitas y los tableros, y de ese pozo ya no te saca nadie.
Pero la puta madre... qué ricos son los JMM
Es un pasaje de ida hacia la destrucción total de tu inocencia. El peligro de sentarte a jugar un JMM es que, en cuestión de minutos, se te cae la venda de los ojos y descubrís con horror que toda tu vida fue una absoluta farsa.
Te das cuenta de que el TEG, el Monopoly y el UNO son en realidad una reverenda mierda, juegos pedorros diseñados para arruinar amistades y hacerte perder el tiempo tirando dados sin el más mínimo control sobre tu destino. Como el juego de la Oca.
Cualquier JMM te arruina la ignorancia feliz y te demuestra de un cachetazo que te estabas conformando con el equivalente lúdico de votar a Guillermo Moreno o a Lousteau.
A partir de esa primera victoria lograda armando una estrategia y no dependiendo de los dados, tu futuro queda trágicamente sellado. Ya nunca más vas a poder pisar una juguetería de shopping sin mirar con profundo asco y desprecio las góndolas con el Ludo o el Jumanji.
Tu cerebro, todo cogido por un meeple, te va a obligar a peregrinar hacia el sórdido inframundo de las tiendas especializadas; esos locales oscuros repletos de cajas carísimas, miniaturas de plástico y un inconfundible olor a culo, encierro y ansiedad social.
Ese es el precio: Te vas a encontrar un sábado a la tarde debatiendo sobre mecánicas de gestión de recursos con extraños que no ven la luz del sol desde el 2015, desesperado por probar el último juego alemán sobre cultivar remolachas en el siglo XV. Sos un adicto irrecuperable al cartón, las fichas, las cartitas y los tableros, y de ese pozo ya no te saca nadie.
Pero la puta madre... qué ricos son los JMM